Acabo de zamparme una rodaja de bacalao en casa Revuelta y estoy
sentado en la terraza del bar Torre del Oro de la Plaza Mayor de Madrid,
que es uno de mis apostaderos favoritos, tomándome un vermut con
aceitunas mientras leo y contemplo el paisaje y al paisanaje. Es un día
de invierno luminoso y frío, de ésos en que se está bien al sol: uno de
los momentos mágicos de Madrid que me gustan mucho. A media mañana no
hay todavía demasiada gente, y ni siquiera el Spiderman barrigón
portugués o la cabra loca multicolor, habituales del sitio, están en su
lugar acostumbrado intentando sacarle algo a los turistas.
De
vez en cuando, los camareros del bar, que son viejos amigos y me
cuidan, traen una tapita de paella o de callos, invitación de la casa.
Dos municipales pasan despacio a caballo, con resonar de cascos sobre el
empedrado, viniendo de la calle Mayor en dirección a la plaza de la
Provincia; y para verlos pasar levanto la vista del libro que tengo en
las manos, Juego de espera, de Michael Powell. De pronto
recuerdo que cuando me vaya debo ir a una esquina cercana para comprar
un atado de palitos de regaliz a la señora que se sitúa allí por estas
fechas, sentada con su bandeja en las rodillas, estampa que siempre me
pareció entrañablemente galdosiana. Lo que demuestra, una vez más, que
cuando hay referencias adecuadas en tu cabeza, libros y cosas así,
lugares y personas cobran sentido y el mundo se ve diferente.
Estoy
en eso, hojeando un libro, mirando la ciudad y feliz de hacerlo, cuando
pasan dos mujeres. Parecen extranjeras, pero no podría asegurarlo. Van
vestidas adecuadamente para esta hora, ni muy peripuestas ni demasiado
cómodas: correctas y como Dios manda. Tal como esperas que vistan dos
señoras que caminan por el centro de una ciudad europea a las once de la
mañana de un jueves de enero. Una lleva sombrero, y otra, gafas de sol.
Esta última calza zapatos de tacón alto, aunque no excesivo. Deben de
andar por los cuarenta largos. Caminan, se paran a contemplar la Casa de
la Panadería y siguen adelante. Las miro distraído mientras bebo un
sorbo de vermut y estoy a punto de volver a mi libro, cuando ocurre algo
que justifica el vistazo. Un ligerísimo pero curioso incidente.
La
mujer de las gafas de sol ha metido el tacón de un zapato en una
hendidura del empedrado. Y se le rompe. O tal vez ya iba flojo y eso lo
remata. El caso es que la veo detenerse, apoyada en su amiga, y mirarse
el zapato, contrariada. Comentan entre ellas algo que no alcanzo a
escuchar, ríe la amiga, y entonces, en sólo cinco segundos, con una
naturalidad asombrosa o que al menos a mí me asombra, sin aspavientos ni
visajes, la de las gafas de sol retira el zapato roto, se quita también
el otro, y con los dos en la mano sigue su camino, descalza. Y lo que
me deja pendiente de ella es justo eso: la manera con que, tras encajar
el percance, esa mujer desconocida es capaz de caminar sobre el
empedrado de la plaza, que pese al sol invernal estará muy frío, sin
perder la compostura. Con una perfecta calma. Y para acentuar mi
sorpresa, lo hace moviéndose con una elegancia mayor que cuando caminaba
sobre tacones: asentando los pies desnudos con una gracia y firmeza que
hacen pensar en una bailarina de ballet cuando abandona el escenario
entre los aplausos del público, después de unas maravillosas
evoluciones.
Y es que no es sólo ella, me digo fascinado mientras
la veo alejarse. Hay virtudes que no se aprenden ni se enseñan; como
mucho, se perfeccionan con educación y talento, cuando se tiene la
suerte de poseerlas. Y ellas, en general, las poseen. Algunas, incluso, a
pesar suyo. Nada tiene que ver eso con la cultura, el dinero y ni
siquiera, en muchos casos, la ropa que visten. Del mismo modo que lo
mejor del hombre varón, en su torpeza y grandeza que a veces vienen de
la mano, suele aflorar en las circunstancias adecuadas, la mujer, o lo
más admirablemente femenino que existe en ella, que nada tiene que ver
con tópicos ni clichés idiotas –permítanme suponer que escribo para
lectores inteligentes–, se pone de manifiesto de continuo, en las mil
situaciones con las que la vida las confronta. En su manera de quitarse
con naturalidad los zapatos que esa vida les rompe y caminar descalzas
sobre cualquier suelo, por gélido que sea, con semejante aplomo innato;
con el desafío tenaz del que sólo ellas son capaces.
Así que,
cuando al fin la pierdo de vista, le doy otro sorbo al vermut y vuelvo a
mi libro con una sonrisa admirada en la boca. Hoy he visto caminar a
una mujer descalza, pienso. Y lo hacía tranquila, segura de sí. Serena y
valiente como una reina.
https://www.xlsemanal.com/firmas/20200119/mujeres-tacones-rotos-perez-reverte.html
Gracias Señor Reverte en nombre de todas las mujeres...!!!
AƒяođiTส...!!!