Lokos y Xifladas

Lokos y Xifladas

sábado, 17 de noviembre de 2007

Esclavitud Infantil (I Parte)

La sociedad, que prefiere el orden a la justicia, trata a los niños ricos como si fueran dinero, a los niños pobres como si fueran basura, y a los del medio los tiene atados a la pata del televisor. Mucho antes de que los niños ricos dejen de ser niños y descubran las drogas caras que aturden la soledad y enmascaran el miedo, ya los niños pobres están aspirando pegamento. Mientras los niños ricos juegan a la guerra con balas de rayos láser, ya las balas de plomo acribillan a los niños de la calle, porque, desde el punto de vista del sistema, la vejez es un fracaso, pero la infancia es un peligro. Algunos expertos llaman "niños con escasos recursos" a los que disputan la basura con los buitres en los suburbios de las ciudades. E. Galeano.
Junto con el incremento de la mendicidad, las clases peligrosas en los suburbios y el paro, reaparece en este fin de siglo la figura del niño que trabaja, mostrando todo ello la deshumanización que provoca la globalización económica. El paralelismo con la situación de capitalismo salvaje del siglo pasado descrita por Charles Dickens, Victor Hugo, Emile Zola o Edmundo de Amicis, sería más que evidente si no fuera porque el sistema, a través de los medios de comunicación, ha introyectado su visión en enriquecidos y empobrecidos. Hoy, la pobreza puede merecer lástima, pero ya no provoca indignación; se considera que hay pobres por las leyes del juego (léase "del mercado") o por la fatalidad del destino. En el planteamiento neoliberal, los pobres son incluso un mal necesario, para disciplinar a la parte de la población con más riesgo, que todavía tiene trabajo y puede consumir, y así exhortarle a que no proteste y sea más "competitiva". Vamos entonces a tratar de desvelar en qué consiste eso de ser "competitivos" y las raíces de lo que está pasando para empezar a tomar conciencia y que salte la chispa que nos haga luchar por un mundo más justo.
LOS ROSTROS DE LA EXCLAVITUD INFANTIL
En América Latina trabaja 1 de cada 5 niños con edades comprendidas entre los 5 y los 14 años, en Africa 1 de cada 3, en Asia 1 de cada 2. En la Unión Europea, son dos millones, sobre todo en las zonas sacudidas por las estructuraciones ultraliberales como el Reino Unido aunque también en otros países socialmente avanzados (¿?) como Dinamarca, Holanda o Francia existe el trabajo infantil enmascarado bajo la forma de contratos de aprendizaje. En Italia los niños semianalfabetos trabajan en los supermercados, confeccionando prendas de imitación, vendiendo heroína... En nuestro país habría cerca de un millón de menores de 16 años trabajando.
De cada dos niños pobres, uno trabaja como un esclavo a cambio de la comida o poco más: vende chucherías en las calles, es la mano de obra gratuita de los talleres, las cantinas familiares y el campo. Asimismo se encuentra en la servidumbre por deudas, en las maquilas, en el servicio doméstico y en la economía sumergida. Los niños son la mano de obra más barata de las industrias de exportación que fabrican los productos de consumo para las grandes tiendas del mundo: pesticidas (Baygon), cosméticos (Christian Dior), ropa, calzado (Nike, Reebock) o juguetes. La mayor parte de los pedidos de muñecas en Hong Kong proviene de EEUU; cuando se acerca la Navidad, la dirección de la fábrica de Kader obliga a hacer turnos de 24 horas con dos breves pausas para la comida. Según uno de los dirigentes, si se gestionasen las cosas de otro modo, "cerraríamos la fábrica y la transferiríamos a Tailandia o a las Filipinas". De hecho, los juguetes de Mattel, Lego o Chicco provienen en un 80% de China, Indonesia y Tailandia. Y en Haití, los trabajadores cosen para Walt Disney a 20 peniques la hora.
¿Y el otro niño?. De cada dos niños pobres, uno sobra. El mercado no lo necesita: serían los millones de niños de la calle en el mundo, los "meninnos da rua", los "gamines", los "polillas", los "canallitas", sujetos a la violencia, a la prostitución, al alcohol o a otras drogas.
¿POR QUE?
Se nos transmite la idea de que el mercado es la libertad..., cuando uno tiene dinero. Quien no compra no existe. ¿Qué destino tienen entonces los dueños de nada en un mundo donde el derecho de propiedad privada se está convirtiendo en el único derecho sagrado?. ¿Por qué unos pocos viven en el lujo mientras que el resto está condenado a la pobreza y la opresión?.
Los niños pobres son los que más ferozmente sufren la contradicción entre nuestra cultura que manda consumir y una realidad que lo prohibe. El hambre los obliga a robar, a prostitutirse o a trabajar como esclavos, pero también la sociedad de consumo los insulta ofreciéndoles lo que les niega.
Este sistema, que fomenta el individualismo y la competitividad, es el culpable; un sistema que considera al trabajador sólo como un coste a rebajar para permitir así el enriquecimiento de la empresa, en el que la ley del beneficio es erigida en ley divina: al pie de su altar se ofrecen los sacrificos de los niños y de la dignidad humana. Por eso, una niña en el Tercer Mundo, está trabajando durante 8 meses, 12 horas al día, 6 días a la semana, en condiciones de subalimentación, realizando un trabajo repetitivo con productos inflamables e insalubres para adquirir lo que recibe en Navidades un niño de EEUU sólo en juguetes.
Como los ricos son pocos, el mercado para las multinacionales es pequeño. Entonces deben competir ferozmente, arrasando con todo un siglo de luchas en defensa de los derechos laborales. Avidas de costes cada día más bajos, trasladan su producción a países donde el paro es alto y donde la pobreza empuja a la gente a aceptar condiciones de trabajo del siglo XIX: horarios y ritmos extenuantes, castigos corporales, despidos masivos, represión policial en caso de actividad sindical... y el trabajo de los niños. Los empresarios del Tercer Mundo educados en Europa, consideran más lucrativo contratar a los niños porque son más sumisos, no hacen huelgas, no molestan y se dejan despedir sin reclamar. De esta forma, la venta de niños o su trabajo a domicilio es el resultado de una ecuación económica, los padres no se contratan y se ven obligados a entregar a los hijos; y por eso se da la perversión de que existan 55 millones de parados adultos en la India y 55 millones de niños trabajando.
Todo esto se maquilla hipócritamente por las empresas. Reebok concede cada año premios a personas de todas las nacionalidades que hayan luchado en favor de los derechos humanos, premios que forman parte de los gastos de publicidad de la compañía. Los derechos humanos se convierten así en una inversión para incrementar las ventas.
Los organismos internacionales proponen amplios recetarios que escurren el bulto y plantean poco impacto porque contemplan al niño aislado de la estructura de relaciones internacionales que en última instancia es la causa de su explotación. Por otra parte, la ratificación de tantas declaraciones, no garantiza su cumplimiento, no hay sanciones si se infringen, los estados hacen reservas cuando las ratifican y no existe jurisdicción internacional que las exiga.
Además, las convenciones suelen caer en el posibilismo más duro, lo que se refleja en la frase de una alta mandataria de la OIT, organismo fuertemente infiltrado por las multinacionales: "si impedimos el trabajo de los niños nos encontraremos promoviendo la prostitución infantil". Efectivamente, hay personas para las que el trabajo de los niños es bueno porque les ayuda a ganar algo para salir al menos de la calle. Naturalmente estas personas lo consideran bueno para los hijos de los demás. Para los propios, sostienen que los pequeños deben ir a la escuela y vivir en un ambiente estimulante.
La vida de un niño es como un trozo de papel sobre el cual todo el que pasa deja una señal. Sobre los cuerpos de los niños trabajadores no se dejan mensajes de amor sino heridas profundas que les mutilan para el resto de sus vidas. (Proverbio chino).
Las grandes centrales sindicales internacionales, pese a que emiten críticas y financian programas de ayuda, siguen utilizando la expresión mercado de trabajo. Esto supone admitir que el trabajador es una mercancía a la que se puede presionar para comprarla lo más barato posible, que se puede explotar a los niños o que hay que "saber venderse" para encontrar empleo.
Mientras tanto, el papel del Estado se reduce cada vez más a gestionar - porque los que gobiernan son los mercados- y a ocuparse de la disciplina de la mano de obra barata y de la represión de las peligrosas legiones de brazos que no encuentran trabajo.

1 comentario:

Afrodita dijo...

Cuanta razon hay..
decia un poeta venezolano, Andres Eloy Blanco, que cuando se tiene un hijo, se tienen todos los hijos del mundo... y duelen igual..
pero todo queda dentro de la mente utopica de nuestro querido poeta....
muchas gracias por este articulo que toca fibra...
afro,
Un beso.

Mas Que Sorprendente Reloj: